El polvo trepaba por el aire y se aferraba firmemente al traje espacial. Allí la materia era parte de la sociedad peor remunerada, subía siempre desde las más oscuras profundidades. El hombre espacial señalaba hacia la translúcida tierra con una mezcla de falso entendimiento y superioridad, ahora podía ver su planeta al completo, y parecía realmente simple. Una pizca de verde por allí, un poco de azul y marrón por el otro lado y, ¡voilà! Un jugoso y sencillo planeta Tierra. Los problemas sociales, económicos y políticos no parecían gran cosa desde allí arriba, el astronauta veía por todos y simplificaba, ¡era un Dios de la abstracción! Incluso poseía omnipresencia allí arriba, en un clon de deidad se había convertido. Así que, dentro de su bucle de grandiosidad, preguntó al mundo el hombre:
- ¿Por qué siendo tan ridículamente simple, no puedo dejar de observarte?
Y por supuesto no obtuvo respuesta alguna a su pregunta, mas por otra parte, tampoco volvería a formular ninguna otra. Mientras permanecía ensimismado y se adentraba en el complejo de sus pensamientos sobre pequeñez, lucidez y compresión; el tubo que le proporcionaba aire se había rasgado. Trató de volver a preguntar, pero ya no podía. Sus pulmones perdían el aire y se vaciaban como globos a los que nadie hubiese hecho un nudo. Pronto empezó el fugaz hombre a levitar de un modo grotesco e inanimado, y allí permaneció.
